viernes, 6 de octubre de 2017

EUROPA NI ESTÁ, NI SE LE ESPERA


Tras las correspondientes investigaciones sobre el 23-F hemos podido saber que el rey España,  Juan Carlos I,  participó en el golpe de estado, por la simple razón de que los golpes de estados los da el ejército y no la población civil, como parece insinuarse recientemente. En el caso que nos ocupa además, en atención a lo relatado,  tuvo su origen en la  junta de jefes del alto estado mayor, de la que es presidente, según la constitución, el  rey de España.

Tuvo  Juan Carlos I  suerte de que , a causa del levantamiento del general Milán del Bosch y del teniente coronel de la guardia civil  Antonio Tejero  quienes  bien no  estuvieron  suficientemente informados o  hicieron  caso omiso de las órdenes sobre la desconvocatoria del mismo, pudo  aparecer ante la opinión pública como quien  había parado  el golpe y salvado a España de una dictadura.

El relato que se construyó a partir de entonces  interesó a todos  y  en especial  a los dirigentes de la Unión Europea, pues de este modo evitaban tener que  tomar algún tipo de medidas contra España en pleno y avanzado  proceso de adhesión (1).

De  hecho, de haberse  sabido la verdad, este proceso hubiera estado contestado por las clases populares europeas. Así pues los medios de comunicación hicieron su papel y  el golpista rey Juan Carlos  apareció como salvador del estado y  gran defensor de la democracia.  Así se escribe la historia.

Lo que está ocurriendo en este momento en Cataluña y con Cataluña, es  simple y llanamente un nuevo golpe de estado, por la misma cuestión que se originó  el  23-F  y, por desgracia, otros anteriores golpes de estado habidos durante los siglos XIX y XX.  Europa a su vez vuelve a reaccionar de manera similar. Ignorando.
    
Las razones para esta actitud son obvias. La  Unión Europea  teme la reacción del estado español  que entre otras cosas dejaría en evidencia lo que es el proyecto europeo: un fiasco de enormes proporciones.

La Unidad de Europa no es sino el intento de crear un Supraestado de dominación  en el nuevo concierto de superestados de dominación en el mundo. Nada de libertades, nada de democracia, nada igualdad, justicia o fraternidad.  Es la reacción necesaria e inevitable ante la pérdida de poder de Europa en el  mundo, lo que la convertiría en una potencia de segundo orden,  lo que no está previsto ni aceptado por las oligarquías financieras mandantes en Europa.

Este proyecto no tiene nada que ver con  una Europa de las nacionalidades (el concepto de nación hace tiempo que se reserva para el estado-nación  a partir de las llamadas revoluciones liberales durante los siglos XVIII y XIX)  por el simple hecho de que el concepto de nación sin estado no sólo les es ajeno sino contrario.  Reconocer  y aceptar el concepto de nación sin estado significa  tener que  aceptar a su vez la independencia e  igualdad radical de todas las naciones que ocupan un mismo territorio, lo que  no es el caso ni de España ni de Europa.

Algunos tomarán estas consideraciones sobre la posibilidad de existencia de naciones sin estado como una antigualla o un intento de  volver al pasado, pero no es esto cierto. Se trata  precisamente de  una proyección de futuro.  La defensa de un territorio compartido es mucho más eficaz bajo el parámetro de la igualdad  que a través de estados carentes de libertad y de  estructura desigual,  como se demuestra con  el  irresoluble problema entre España y Cataluña. Por el contrario, la defensa estatal,  la  misma que se predica ahora para una Europa Unida, se apoya  en  un militarismo que no es otra cosa que un negocio, presto a traicionar a la “patria” ( otro concepto de rancio origen seudoliberal)  en cuanto el negocio deje de ser tal.

El problema catalán  está sirviendo, por tanto, para hacer caer la venda de los ojos de muchas personas. Europa no va apoyar al pueblo catalán. Aparecerán ahora como mediadores toda una serie de entidades: Iglesia, partidos que se llaman equidistantes entre el nacionalismo y el estado, parlamento europeo, asociaciones de juristas, etc. etc. que dicen tener por  objeto reconducir el proceso, pero que difícilmente entrarán a fondo en el problema.

En realidad el tema de la independencia de Cataluña  está mal planteado  por parte de la clase política desde el momento en que se pretende la independencia de España y no de Europa, lo que equivale a salir de la sartén y caer en las brasas.

Una vez más estamos ante una manipulación del  sentimiento innato que tenemos los europeos de vivir en democracia,  intentando sustituir, según la jerga, los estados-nacionales actuales,  por  un estado europeo único.

Pero la tan querida representación política de los ciudadanos a través de los partidos políticos reunidos en pomposos parlamentos, significa muy poco, ni en España ni en Europa, como hemos tenido ocasión de ver con las actuaciones de los líderes de los partidos popular y socialista  españoles y sus homólogos en Europa que vienen gobernando tanto a los diferentes estados como a la Unión Europea en su conjunto. Efectivamente muchas políticas, quizás las más decisivas tienen lugar al margen de los mismos: participaciones en  guerras y  envío de tropas al exterior, fabricación  y  venta de armas, pago de deudas e intereses de dudosa legitimidad, persecución del derecho a decidir, apoyo financiero a ciertas empresas estratégicas para los intereses de los ejércitos y de los estados,  implementación de biopolíticas, ayudas a  multinacionales, reducción de libertades, etc. etc.
No estamos reformulando una parte de la doctrina fascista o falangista que reza que no debe haber partidos políticos (y  no obstante son  un partido político con pretensiones de ser excluyente), estamos diciendo que una democracia que genera partidos políticos para pasar directamente del individuo masificado, al que por cierto se le llama pueblo, al parlamento, además de constituir  una falsa democracia, es un peligro para la sociedad.

La representatividad de un parlamento nacional  es una representación de segundo orden, por tanto debe  existir, pero siempre y cuando exista a su vez la democracia  directa.

Si se obvia la democracia directa, con los correspondientes debates por asambleas,  abierta a la colaboración y a la ayuda mutua libre e  independiente  de los participantes en la misma, a la creación de un derecho consuetudinario popular, a la posibilidad de gestionar  directamente  bienes comunes así  como  proceder al  reparto equitativo de la riqueza ( ganancias  comunes), no puede haber democracia representativa y  hablar del  parlamento de la nación, es una entelequia y un concepto vacío.

Lo demás son milongas, falsos relatos que se crean con  éxito  en los despachos de las oligarquías  ayudados por enorme poder mediático del que disponen y que muchos creen, como el del rey Juan Carlos y  la transición democrática  española en su día, o como el que se nos va a contar a partir de ahora sobre la  actuación del rey Felipe VI de Borbón en Cataluña.

Rafael Rodrigo Navarro

(1)     SALISBURY WILLIAM, T: Spain and the Common Market 1957-1967, tesis de la Universidad de Wisconsin, 1986. RAIMUNDO BASSOLS : España ante Europa: Historia de la adhesión a la CE 1957-1985


martes, 12 de septiembre de 2017

EL ESPÍRITU LATE POR CATALUÑA


 EL  ESPÍRITU  LATE POR CATUÑA (*)

Un artículo de Rafael Rodrigo Navarro

«A Barcelona hay que bombardearla al menos una vez cada 50 años» (Baldomero Espartero, 1842) (1). Este aserto de quien fuera  Presidente  del Consejo de Ministros en tres ocasiones (1837-1837), (1840-1841) i (1854-1854)  y regente del reino de 1840 a 1843, nos acerca al análisis de lo que está pasando en este momento en Cataluña, pues son muchos los que están de acuerdo con lo dicho por el general Espartero y se impacientan con el hecho de que el actual gobierno de España no haya realizado ya una contundente demostración de fuerza contra Catalunya. De hecho han pasado ya los cincuenta años de rigor tras la derrota de las instituciones catalanas, el Parlament y  la Generalitat, tras la  última  guerra civil española  (1936-1939).

Pero a su vez esta frase indica la existencia de un tipo de realidad profunda en el pueblo catalán  que los poderes oligárquicos no consiguen extirpar. Se puede anular  durante una o varias generaciones, pero el poder del estado sabe, o quizás no sabe, que resurgirá. Por lo menos Espartero fue consciente de ello.

Nadie que no ame a su nación, puede entender el problema catalán. No hablo de la patria, ese vocablo  de rancio tufo oligárquico, patriarcal y militarista que se impuso  definitivamente durante el siglo XIX en España, y en otros países, tras  el triunfo de las revoluciones liberales.

El concepto de nación  en sus inicios se identificaba  con el de pueblo.  La palabra nación tiene un mismo origen etimológico que la palabra griega gea (tierra ancestral) y el verbo castellano engendrar (2).  

Una nación nace y crece a partir de un territorio en el que la crianza de los hijos e hijas que  han de procurar a su vez su descendencia y continuidad en el tiempo sea posible. Los habitantes de ese territorio en general  comparten una misma lengua, siguen una parecidas costumbres y sobre todo se sirven de una ética propia y al mismo tiempo universal que rige su convivencia desde dentro, con autogobierno.  De ese modo la  norma jurídica se identifica con la moral elaborada con el análisis continuado de la conducta grupal mediante la democracia directa, posibilitando así que el acto de juzgar sea este a un tiempo a aplicar la norma y a revisarla para mejorar las relaciones personales en la comunidad nacional. Una nación en sentido estricto debe compaginar la convivencia con la libertad tanto  individual como grupal, en la que se incluye la libertad de conciencia.  

Existen otras muchas  realidades sociales que comparten el mismo vocablo pero no tienen el significado que acabamos de exponer.  Y desde luego  el concepto de estado-patria tan comúnmente aceptado hoy día, nada tiene  que ver con el concepto  de nación.

En todo caso este tipo de realidades que  se podrían denominar supranacionales, los estados,  tendrían sentido si su estructura estuviera montada de tal manera que no fuera en contra de aquellas naciones que la componen. Lo que no es el caso.

Aunque en el siglo XIV algunos propusieron que Isabel y Fernando fuesen llamados reyes de España, no se hizo por carecer este término, por otro lado muy antiguo,  de entidad jurídica.

Más tarde, en la medida que el estado se fue consolidando como tal,  dando lugar al llamado estado moderno, se utilizan los conceptos de España o Las Españas según los casos, lo que indica ambivalencia a causa de la pretendida unidad y la  presencia de  fueros y formas de autogobierno singulares  propios de las comunidades existentes.  Sin embargo, a partir de las revoluciones liberales el concepto de España, como nación-estado unificada y excluyente, se potencia, consolida y  llena de contenido jurídico y con ello un modo de entender el  territorio como exclusivo y excluyente de “la nación”.

 Se trata  de una situación similar a la de la formación de  Europa en la actualidad, con la diferencia de  que, puesto que el supraestado europeo se está formando a partir de los llamados estados nacionales previos en cuyo interior jurídicamente han dejado de existir las naciones que estuvieron en su origen,  la dinámica  en marcha es diferente.  

De hecho el intento de formar un supraestado en Europa no es sino un cambio en la amplitud de la estructura de estado único.  Las  naciones europeas hace siglos que sucumbieron a la dinámica de la omnipresencia y  dominio de los estados.  Una Europa de las naciones, aunque reivindicada por algunos, parece irrealizable ya que llevaría a conflictos  semejantes a los que se están dando entre España y  Cataluña.  Por ello es lógico que el apoyo europeo que solicitan los independentistas catalanes, les  sea negado por una Europa en proceso de unificación. Lo lógico es que siga destruyendo a las naciones que todavía existen en su territorio y no que las potencie.

En realidad lo que se consolidó durante el siglo XV con  Carlos  V  y  los  Augsburgo,  fue  la paulatina  destrucción de las  naciones existentes en aquel momento en el territorio de la península Ibérica, dando paso a virreinatos dirigidos desde Madrid, es decir acordes con el capitalismo mercantil que se estaba desarrollando y cuya organización política evolucionaba ya entonces rápidamente hacia el concepto de nación-estado que se inició primero con el absolutismo borbónico y  posteriormente con  las llamadas revoluciones liberales.

Si bien España hubiera podido constituirse en una federación de naciones libres, no fue el caso porque la dinámica de crecimiento del capitalismo lo hacía imposible. Y  esto por varias  razones. En primer lugar porque dado que la organización  del estado es en todo contraria a la estructura de nación, en la medida que crecía aquel había de menguar ésta.  Es por ello que la historia de España y de cualquier otro estado europeo,  presenta un continuo de guerras contra los pueblos y  las  naciones autónomas existentes o con pretensiones de existir,  confrontaciones  que en algunos casos  se convirtieron en guerras civiles como las que  asolaron los siglos  XVIII, XIX y XX en España,  o en guerras genocidas  de exterminio como la que tuvo lugar en Francia en la Vandea, tras la revolución de 1789, por sólo citar una.

 El estado moderno lo que busca, no es necesario insistir pues las evidencias son casi  totales,  son individuos aislados  a los que regentar y no individuos inmersos en grupos sociales  con autonomía y vida propia que a su vez  puedan asociarse libremente.

Si la nación conlleva la existencia de un territorio, lo mismo acurre con el estado,  la manera de  participar de ese territorio es radicalmente diferente.  En el  caso de la nación el territorio puede ser compartido. Nada repugna en este sentido. Sin embargo constituye la razón de ser del estado su exclusividad más radical.  Lo que tiene que ver, a su vez,  con el concepto de propiedad. En la concepción del estado contemporáneo, como ya ocurrió en el Imperio Romano, la propiedad pasa de entenderse como  relativa, lo que permitía  la  ayuda mutua  en igualdad y  la cooperación  también en igualdad de varias naciones sobre un mismo territorio,  a  absoluta.  Con  la dominación de un pueblo sobre el resto , desaparece definitivamente el concepto de cogestión, excepto en el caso de ocupación de territorios  coloniales.  

Es evidente que en un estado, en el que la defensa de un territorio es lo primordial, éste no puede ser compartido. Hablamos de una parte de la historia de la humanidad, la de las oligarquías reinantes, no de los pueblos libres que también existieron, aunque el interés de los historiadores haya sido menor a la hora de estudiar su existencia y significado, durante los últimos cuatro mil años, del que es un ejemplo, entre otros miles, el irresoluble enfrentamiento de  Israel y  Palestina dentro de los parámetros geopolíticos por los que se rigen los modernos estados.

La nación libre, comparte el territorio  en primer lugar porque entiende más apropiado para la supervivencia la cooperación frente a la exclusividad, la falta de cooperación  y  la guerra.  También porque la gestación, el nacimiento y la crianza de la prole convienen a un territorio sin conflicto y finalmente porque, puesto que la nación libre  recela del  estado, evita alimentar su poder y  militarismo.  En realidad  hasta los tiempos históricos,  en que surgieron los estados,  el ser humano en términos generales  había sobrevivido  gracias a la  cooperación más que a la guerra de rapiña.(3)
Pero aunque es cierto que todo esto cambió en un momento dado y las naciones como tales dejaron de existir, lo que para muchos constituye  un progreso, no es menos cierto que continuarán los conflictos entre estados,  hasta que abandonemos de nuevo los conceptos de propiedad privada absoluta  y  territorialidad exclusiva.
Frente  a la existencia de naciones que tienen su origen en grupos humanos naturales, los estados son con toda evidencia creaciones de minorías oligárquicas,  ricas, armadas  y dominadoras de pueblos y personas. Por ello, como ya  hemos dicho, se oponen y opondrán al concepto de nación  independiente y libre.

Hay más. Estas élites mandantes que rigen los estados, o que como en el caso catalán tratan de crearlos, que  diseñan y rigen  el mundo actual a su antojo  y que son responsables de las fronteras  existentes, lo que equivale a la exclusión de muchos pueblos del concierto internacional, no se rigen por una ética puesto que su razón  ser, la razón de estado, es  la  dominación y la fuerza. La ideología que les sustenta es la del darvinismo social, su religión la de la jerarquía y el poder, y su convencimiento el  de que  no hay que ser ingenuos y  hay que golpear primero  si se quiere sobrevivir. Conforman un pensamiento tan ajeno y diferente de la necesaria cooperación entre seres humanos, que estamos tentados de calificar de subhumana a esta civilización de los estados, permanentemente jerarquizada, orientada a la conflagración bélica, y que se constituye básicamente entre dominadores y dominados, lo que supone a su vez un bloqueo y una pérdida importante de aquellos sentimientos necesarios para la convivencia, entre ellos el del amor.

Lo más curioso es que esta manera de pensar que se ha generalizado en la sociedad , no corresponde exclusivamente a la minoría mandante sino a todos aquellos que la han hecho suya y que es la ideología del superhombre y la voluntad de poder, preconizada por Nietzsche. 

Pero si el problema de la independencia de Cataluña, resulta tan controvertido, llama tanto nuestra atención y se ha convertido en tema de reflexión para muchos,  es porque en él  se  superponen dos tipos de reivindicaciones a un tiempo.

Al inicio del presente  escrito hemos dicho que  no se puede entender el problema catalán si no se ama profundamente a la propia nación (el castellano a Castilla,  el  gallego a Galicia, el euskaldún a Euskal Herría, etc.)  y  no a esa entelequia llamada patria, militarista y jerárquica que dice que la democracia es ir a votar cada cuatro años y  hace del ser humano un productor esclavizado y un participante de un ejército permanente y agresor. La astucia de  la  oligarquía mandante ha consistido desde siempre, en intentar, sin éxito,  que los seres humanos proyecten sus sentimientos, entre ellos su amor  sobre el estado, para lo que se le ha añadido el adjetivo de nacional.

Pero el amor  nace de la integridad, es decir del equilibrio de nuestra naturaleza corporal, psíquica y espiritual, y al mismo tiempo de conducirnos en  libertad. Quien pierde este  equilibrio que por otro lado  responde a  la estructura  básica de cualquier ser vivo, no  puede entender ningún fenómeno social  en que los sentimientos de amor, entre otros,  estén presentes. Por desgracia la sociedad moderna nos tiene sumidos, por  la propia necesidad de la  experiencia de ser dominadores o dominados, en un  desequilibrio permanente y  esa  falta de integridad conlleva a su vez dificultades en resolver aquellos problemas humanos que necesitan de perspectivas globales.

Lo desconcertante para muchos  del  problema catalán  resulta  de la superposición  de dos aspiraciones opuestas:  el amor del pueblo catalán (lo que queda de él) por su libertad, es decir por vivir como  nación  propia y  singular con su lengua, sus usos y costumbres, su autonomía jurídica y sus normas convivenciales por un lado y , por el otro,  la pretensión de sus oligarquías mandantes de formar un estado, lo que equivale apuntarse a la escalada de explotación  y dominación de cualquier estado consolidado como tal.

En  este sentido es interesante el artículo  de Pere  Rusiñol  “Independencia de Catalunya: ¿Con la ayuda de Trump o de China?”, aparecido en el diario digital “El diario.es” (4) en el  cual  se analizan las posibilidades que tiene Cataluña de conformar realmente un estado independiente. Según el autor desde el punto de vista  de  las estrategias geopolíticas actuales, las posibilidades son prácticamente nulas, a pesar de que siempre existen resquicios  que  en otros casos han sido aprovechados por quienes han llegado a crear un estado nuevo.  En cualquier caso la existencia de un nuevo estado, habría que englobarla en una misma dinámica de poder y dominación a escala mundial.

Así pues, según el autor, la  pretensión de crear un estado propio parece estar condenada al fracaso. ¿Entonces, se pregunta,  por qué los dirigentes catalanes se arriesgan y  no cejan en su empeño? Según el autor,   porque han visto en esta forma de populismo un rédito electoral.  Pero la respuesta no parece convincente y resulta  demasiado simple, ya que  con dicho rédito precisamente se verían obligados de nuevo a plantear la independencia de Catalunya.

En Cataluña, como sugiere la frase de Espartero, existe una realidad más profunda y difícil de combatir. Y  esa realidad, puesto que hace su aparición de forma cíclica a lo largo de la historia, no es otra que la permanencia  en  su existencia  de la nación catalana,  nación  que se sustenta en  aquellos que la aman, algo también muy real, aunque generalmente no se  tenga en cuenta  en los análisis.  Es por ello que ha sobrevivido en la historia y  sobrevive a pesar de lo convulso del momento actual, hasta que las estrategias de poder  tanto de dentro como de fuera, cada vez más sutiles y  por tanto más  poderosas, en su intento, acaben con ella. O no.


JOCS FINITS I JOCS INFINITS



Un article de Carme Juncà Campdepadro

Publicat al Punt Avui el passat diumenge, 10 de setembre


“Jugar a jocs infinits és crear amb cada decisió i les troballes van a la pròpia motxilla
En la línia de Llull, Xirinacs va dissenyar el Globàlium com una eina per pensar la realitat. Volia situar en un mateix model “des de Déu fins a una espardenya”, deia. Les 26 categories del model menor i les 80 del major estan relacionades entre si i agrupades o bé sota el paraigües de la no-contradicció, on si una cosa és veritat, la seva contrària és falsa, o bé sota el de la sí-contradicció que empara aquells aspectes de la realitat on si una cosa és certa la contrària també ho és.
Llegint Xirinacs em va venir al cap un text de James P. Carse, exdirector d’estudis religiosos a la Universitat de Nova York, que distingeix dos tipus de situacions vitals que ell anomena jocs. Hi ha jocs finits i jocs infinits. En els primers les regles són clares i el terreny de joc, delimitat. Aquí trobaríem les categories que Xirinacs aixopluga sota el paraigües de la no-contradicció. Són situacions teatrals, previstes, que els jugadors, ja siguin individus o col·lectivitats, resolen seguint unes normes establertes i, segons com ho facin, seran els primers, els segons o els darrers. Qualsevol carrera, ofici, una empresa, la ciència, etc. és un joc finit que acaba donant un títol a qui juga. Els títols impliquen reconeixement, poder o glòria, estructuren la societat i ens la mostren estable i sòlida.
Però hi ha aspectes de la realitat com a mínim més interpretables. Són els jocs infinits, on cada individu o col·lectivitat juga a partir d’una exclusiva línia de sortida carregat amb un bagatge propi a l’esquena. Tothom està a punt per jugar. No hi ha regles i el terreny de joc és tan sols el proper pas a fer. Jugar a jocs infinits és crear amb cada decisió i les troballes i vivències van a parar a la pròpia motxilla i així el proper pas beu de l’experiència del pas precedent. Els jocs infinits tenen a veure amb el món de la sí-contradicció, que agrupa tots els aspectes relacionats amb la subjectivitat, el sentit, la vivència, l’art, la cultura, l’espiritualitat i d’altres. En aquests àmbits tot pot ser ell mateix i el contrari en equilibri dinàmic. Podem decidir que Dalí és genial o que no ho és, que és millor saber nedar o que no, que Al·là és Déu o que no ho és, que prendré drogues o que no les prendré. Tot pot ser vàlid i segons el que escollim escriurem la nostra història. El resultat és el solc en la mar del qual parlava Machado.
El principi de sí-contradicció és, per Xirinacs, revolucionari, ja que entendre i acceptar que la realitat no és unívoca amplia el marc de referència en el qual ens movem. Per Carse, la incertesa del proper pas ens agermana en el joc infinit de viure.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Apuntes sobre el auge y la decadencia del Pueblo durante la Edad Media

Un artículo de Jesús Franco 

‹‹Al actual orden vigente le es imprescindible, para legitimarse como la sociedad perfecta y completa, un desvergonzado falseamiento de los periodos de la historia que son superiores al mundo de hoy››. Félix Rodrigo Mora.

La relación entre las minorías con poder y la gente corriente, esto es, entre el Estado y el Pueblo, es un asunto al que se le presta una escasa atención. Ni las tribunas mediáticas, con su cohorte de paniaguados “intelectuales y artistas”, politicastros, académicos, comunicadores…, ni las clases populares, en general circunscritas a los límites de su privacidad, reflexionan sobre el desigual peso de élites y personas del común en el momento presente. Desequilibrio que es uno de los más agudos de los últimos 2000 años en los territorios de la península Ibérica. Más bien, el panorama es mayoritariamente percibido como “normal”. Lo que prueba la capacidad del ente estatal y la gran empresa, a través del adoctrinamiento por múltiples vías (escuela, publicidad, medios de “información”, industria del ocio…) y métodos (religiones políticas, teorías, consignas…), para desalojar de la mente y del corazón del individuo de a pie valores e ideales como dignidad, libertad, autogestión, verdad o capacidad de pensar por sí mismo. Y la desamparada situación en la que este último se encuentra.
Una irracionalidad que conduce al maridaje entre oprimidos y opresores, a la negación de la lucha de clases, a solicitar de las instituciones remedios para los males y ayudas ante las necesidades, a una resignada calma social.
Pero quienes creen, quien más quien menos, que el actual orden social resulta el más satisfactorio de todos, el cénit del progreso civilizatorio, yerran.
 La libertad para pensar y ser desde uno mismo es negada ab ovo; la libertad para actuar es regulada y vigilada por un entramado de leyes de elaboración ajena, magistrados que nadie ha elegido ni siquiera formalmente y un ejército de ocupación interior, dotado de excelentes instrumentos armamentísticos y tecnológicos; la libertad política no existe, la carta constitucional de 1978 establece el sistema liberal de partidos políticos y parlamentos, localizado en las antípodas de la democracia (a menos que, despreciando el gramo de auto-respeto que podamos conservar, consideremos como tal a la pantomima de introducir cada cuatro años un sobre en una urna); la soledad en las grandes urbes y la ingesta de psicofármacos y otras drogas denotan que la vida relacional es una ruina; la reducción del amor de pareja a una suma de dos egos (más una mascota perruna) que viven para lo zoológico y hedonista muestra la intrascendencia que padecemos; el trabajo asalariado (en caso de tenerlo) es fuente de malestar, por su propia naturaleza servil, cuestión ausente de la agenda de anti-taurinos, “anti-capitalistas”, anti-católicos y demás “críticos” de lo establecido; el decadente estado de salud física de muchos indica que ni sabemos alimentarnos ni cuidarnos ni tenemos voluntad para ello; la desertificación creciente de la península Ibérica ilustra el fracaso de las “políticas públicas” en la gestión del medio natural así como del activismo ecologista, constreñido en lo institucional y leguleyo; la verdad ha sido sustituida por la propaganda y lo emotivo; la ética y las buenas maneras apenas interesan… Y así continuaríamos reflejando nocividades en curso hasta la depresión. 
Una terapéutica adecuada para mitigar el malestar generado por mirar de frente la realidad actual es el estudio de la historia. De la historia que provee de enseñanzas, sean completas o parciales, no de la elaborada con fines legitimadores de lo presente. Las cosas no siempre fueron tan nocivas como lo son hoy. Ni están abocadas a continuar siéndolo. Afirmación simple pero que es olvidada debido a una combinación de teoría del progreso y “fin de la historia”, de repudio del pasado y de inmovilismo, de odio por la objetividad y de desprecio de la capacidad transformadora del hombre.
La historia bien hecha daría cumplimiento a varias exigencias: de un lado satisfaría la necesidad de conocimiento que es propia del ser humano, de otro rendiría tributo a una noción válida en sí misma, la verdad, y de otro señalaría elementos, tanto positivos como negativos (morales, políticos, estratégicos, etc.), que recuperar (ejerciendo de referentes) o descartar.
Las siguientes líneas están elaboradas a partir de “Municipalidades de Castilla y León. Estudio histórico-crítico”, Antonio Sacristán y Martínez, 1877.
*
En la Alta Edad Media se estableció el concejo abierto como institución política popular en el marco de ‹‹grandes y profundos cambios›› acontecidos en los territorios de la península Ibérica no sometidos al dominio islámico. Todos los vecinos serán convocados a participar activa y directamente, con voz y voto, en la gestión de la res publica; poseerán en plenitud vida civil, política y militar.
 Anteriormente, ni los municipios romanos (con la elitista curia) ni los visigóticos (con la figura del conde) conocieron procedimientos democráticos 1. Tales, retrocediendo más en el tiempo, sí se dieron entre los pueblos indígenas, quienes nunca constituyeron una unidad nacional y cuyo amor por la libertad, constancia y valor hicieron de la conquista y colonización romanas arduas empresas, especialmente en lo que hace a los norteños.
El surgimiento de nuevas ideas, instituciones y costumbres tuvo lugar al margen de la voluntad de la monarquía, de escaso poder entonces. Es remarcable, dentro de esta radical mudanza, que en Castilla y León la esclavitud, tal como existió en la Antigüedad, fue ‹‹desconocida››. Así como la ‹‹servidumbre feudal››.
De las deliberaciones de la asamblea vecinal emanaba el derecho consuetudinario, o de usos y costumbres, que precedió a la ley escrita en forma de carta foral. Cuando esto último ocurre ‹‹la constitución municipal se encuentra ya en pleno desarrollo››. Los acuerdos tomados en concejo eran de ‹‹fuerza obligatoria››, lo que informa de su carácter autónomo y soberano, de su ‹‹vida propia›› y existencia diferenciada de la corona, la nobleza y el clero. De una auténtica voluntad popular. 
Sacristán se apoya documentalmente en los fueros municipales, códigos privativos y privilegiados de los vecinos que obstaculizaban ‹‹la acción directa del poder central representado por la corona››. Los pobladores eran todos iguales ante la ley, superándose distinciones de clase y de fortuna. La elección popular de los cargos públicos 2 era anual; ello era un freno a las ‹‹ambiciones particulares››, una búsqueda, mediante el cambio de personas, del mejor gobierno posible y, también, ‹‹garantía de la libertad››. Los concejos gozaban de igualdad política entre ellos. Otras cuestiones sancionadas por los fueros son: la inviolabilidad del domicilio, la tolerancia religiosa 3, la garantía de la seguridad personal 4 y de la propiedad, y la responsabilidad, verdad y honradez con las que habían de ejecutarse los oficios concejiles (jueces, alcaldes, jurados, escribano, mayordomos…).
Una parte del territorio conquistado al estado islámico se destinaba a propiedad comunal. De la que ‹‹cada uno pudo tomar lo suficiente para sus necesidades››. El disfrute de este patrimonio (aguas, pastos, montes, baldíos, etc.) se obtenía ‹‹por el solo hecho de formar parte de la municipalidad››. El aprovechamiento vecinal contribuía a la independencia económica del municipio, complemento de su autonomía política.
Las milicias concejiles fueron la organización del pueblo en armas. Salían a campaña, ora formando parte (considerable) del ejército real, ora ‹‹por su propio acuerdo y de su cuenta y riesgo››. Era deber de todo vecino estar preparado para formar parte de ellas. La hueste concejil (caballería y peones) desempeñó un ‹‹papel importante en todas las guerras de la Edad Media››, logrando numerosas victorias sobre el enemigo andalusí; también en aquellos casos en los que no hubo intervención de ‹‹los demás órdenes del Estado››. A los concejos les posibilitó que se hicieran respetar y ‹‹aun temer››.
En las Cortes, a partir del siglo XII, radicará la participación supra-comarcal del elemento popular por medio de la designación de procuradores, sujetos a ‹‹lo resuelto y acordado›› en la asamblea municipal; siendo, por tanto, meros ejecutores. Este momento es identificado por Sacristán como el ‹‹apogeo›› del estado llano, como una manifestación de su ‹‹preponderancia adquirida››. En el siglo XV, ya inmersos en el declinar de lo democrático, se establecerá como derecho de la corona ‹‹la intervención en el nombramiento de procuradores››, quienes se convertirán en una especie de funcionarios reales.
Por su parte, las hermandades entre concejos, ‹‹acto propio y exclusivo de la autonomía municipal››, tuvo su motivación en ‹‹los agravios y desafueros cometidos por los reyes››. El elemento democrático pretendía así ‹‹poner un dique al desarrollo excesivo del poder real››.
El autor otorga al rey la categoría de ‹‹señor natural››. Esta genuflexión, empero, no le impide afirmar que ‹‹el espíritu democrático de la Constitución castellana nunca reconoció la voluntad del príncipe como fuente de derecho›› ni definir a las comunidades populares como ‹‹un verdadero poder público››, dada la importancia que lograron. El Pueblo no podía ser despreciado ‹‹sin graves peligros››. Tanto en los municipios denominados de realengo como en los de señorío, los habitantes tenían la facultad de ‹‹rechazar con la fuerza toda agresión violenta intentada por ricohombres o infanzones, sin incurrir en responsabilidad por la muerte dada al forzador››. A los nobles, salvo que fuesen ‹‹naturales, vecinos y moradores de las villas aforadas››, se les negó el desempeño de cargos públicos. Incapacidad de la que igualmente padecieron los eclesiásticos: el gobierno y administración de los concejos fue ‹‹completamente laical››; en el terreno político, entre municipios e iglesia existió un ‹‹constante antagonismo››. Asimismo, el monarca carecía de potestad para el nombramiento de los oficios municipales. La corona ejerció de ‹‹regulador›› de la sociedad medieval.
La relación entre la monarquía y el elemento popular estuvo marcada por ‹‹las circunstancias políticas del momento››: la necesidad de combatir militarmente a un peligro común, al Ándalus. El equilibrio de fuerzas se romperá durante la Baja Edad Media en favor de la autoridad real, cuando ésta comenzará a traducir en hechos el proyecto acariciado de una ‹‹dominación ilimitada››. La democracia se verá menoscabada; la libertad política recibirá ‹‹un rudo golpe››.
 El intento de Alfonso X en el siglo XIII de aplicar a las municipalidades una legislación o código general (Fuero Real y Partidas), ajeno a las ‹‹costumbres nacionales››, a un pueblo ‹‹caballeresco y libre››, fracasó debido a la ‹‹tenaz resistencia›› que opusieron aquéllas. Será bajo el reinado de Alfonso XI cuando dicho código alcance sanción legal (Cortes de Alcalá de 1348) y sean traspasados a la corona ‹‹derechos que hasta entonces eran considerados como el escudo más firme de las libertades populares›› 5. Los fueros municipales quedaban relegados a la categoría de ‹‹códigos supletorios››.
La realeza dirigió su ataque a cambiar ‹‹la forma interior de gobierno del municipio››, a introducir en él su influencia. La doble capacidad de electores y elegibles pasará, en las villas al menos, a estar limitada a ‹‹individuos privilegiados››, regidores designados por el monarca que excluirán ‹‹de la dirección de los negocios municipales al Estado llano›› y ambicionarán los cargos de las poblaciones de mayor importancia. Los ayuntamientos perpetuos ejercerán las atribuciones que antes correspondían a ‹‹la asamblea general de ciudadanos›› y serán ‹‹auxiliares de la corona contra las aspiraciones populares››. Estamos ante ‹‹un retroceso hacia la curia romana›› al verse dinamitadas ‹‹las bases fundamentales en que descansaban las franquicias populares››. A partir del reinado de Enrique III (1390-1406), la institución de corregidores permitirá la extensión de las ‹‹miras centralizadoras›› de la corona. Al acrecentamiento del poder real contribuirá significativamente la acción de los Reyes Católicos.
 Se fraguaba una contra-revolución, política y legislativa, a favor del ‹‹principio monárquico››. La rivalidad entre ‹‹el espíritu democrático de las libertades castellanas›› y el deseo de la corona de ensanchar su poder se resolverá del lado de esta última.

NOTAS
1 ‹‹El emperador no representaba otra cosa sino el derecho de conquista impuesto por las armas en la época republicana, y cimentado sobre la sangre y las derrotas de los indígenas: idénticos en el fondo y en la forma eran los títulos alegados por los nuevos invasores››.
2 ‹‹Los vecinos de cada parroquia, reunidos en concejo abierto, discutían libremente entre sí las cualidades de los candidatos y la conveniencia de encomendarles la gestión de los intereses públicos. Todas las diferencias quedaban por fin sometidas a la decisión de la mayoría››.
3 ‹‹Las primeras corrientes de intolerancia se manifestaron por parte de la corona en el reinado de don Fernando III (1240) y a fines del siglo XV en el pueblo››.
4 ‹‹El concejo entero debió acudir a la defensa del ofendido, considerando el ataque a un solo ciudadano como causa de desafuero general››.
5 ‹‹¿Cómo se comprende que las municipalidades, después de tantas pruebas de vitalidad y energía de la defensa de sus derechos, cediesen sin protesta alguna a la voluntad del rey, consintiendo en innovaciones tan contrarias a su índole democrática y opuestas al espíritu y letra de su constitución?››. 

lunes, 31 de julio de 2017

SOBRE LA VERDAD

Un artículo de Félix Rodrigo Mora 

Analisis crítico de los conceptos de post-verdad, pre-verdad y verdad objetiva

Sobre la post-verdad

El Diccionario Oxford ha añadido a su imperial repertorio el término post-verdad. No solo eso, lo ha galardonado como palabra del año 2016  23. Podría alguien pensar que esto presupone la existencia por tanto de una ‘pre-verdad', un instante de verdad actual y un estadio posterior de verdad. Qué por
algún casual la verdad tuviera unas características cronológicas, dependientes de la variable tiempo.
Como si mutara y fuera evolucionando mediante pasa el tiempo. Como si la verdad funcionara como
una tendencia.

Ya que los prefijos ‘post’ y ‘pre' hacen referencia a la temporalidad ¿Es una concepción temporal de la verdad? Podría parecer, pero no. En realidad no es esa la cuestión, sino que se trata de una diferencia substantiva entre unos supuestos hechos objetivos y una percepción que depende de las hoy en día desprestigiadas cualidades de la emoción o puntos de vista subjetivos.

Este término se ha utilizado por la prensa de mayor difusión a nivel mundial para intentar dar su explicación particular a los hechos políticos que han sucedido este 2016. A colación: Brexit, Trump,
Referendum de la Paz de Colombia.

Más allá de estos insignificantes tejemanejes políticos, la preocupación de los grandes medios es la pérdida de credibilidad que estos sufren y la consecuente perdida de ventas. El poder de influir sobre la opinión pública se ve mermado y esto es en definitiva lo que más inquieta en las altas esferas. Estas precisan herramientas de selección y censura, algoritmos5 que controlen como se difunde la información, que minimicen el impacto de las elecciones  mayoritarias y las conmute por aquellas que tengan algún tipo de distintivo de calidad. Se están desarrollando las agencias de calificación de información, que serán las encargadas de valorar, tasar y clasificar las informaciones.

Pero antes que nada, el primer paso es poner la piedra de la justificación filosófica, en este caso semántica. Por lo tanto es necesario hacer una evaluación crítica de este concepto por si fuera este en un futuro perjudicial para los intereses de la libertad de expresión y difusión de ideas fuera de los canales controlados por los poderes establecidos. Post-truth (posverdad): Relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales.




miércoles, 5 de julio de 2017

Imagen de  Nada está perdido Un sistema monetario y financiero alternativo y sano

SOBERANIA FINANCIERA 

El diseño del sistema financiero es tal que una parte de los prestatarios fracasará en la devolución de sus préstamos al banco
El crecimiento permanente del sistema económico se vuelve imperativo para alimentar las exigencias financieras
Nunca debe haber más deuda que dinero en circulación y por tanto el dinero no puede ser creado como préstamo con interés

Si el sistema monetario es ya de por sí un generador neto de deuda ¿ para qué necesitamos un sistema financiero adicional? La respuesta es simple: PARA NADA. No hay ninguna razón para que la deuda monetaria y la deuda crediticia convivan. El sistema financiero tal y como lo conocemos puede desaparecer ( y el interés con él) siempre y cuando el nuevo sistema monetario adquiera funciones de financiación de la economía real. Para lo cual necesitamos mecanismos diferentes de creación y destrucción de dinero y tratarlo como un flujo en lugar de como un stok.

Necesitamos un nuevo criterio para otorgar el crédito.
La innecesaria superposición entre deuda monetaria y deuda crediticia distorsiona el papel del crédito
NADA ESTÁ PERDIDO por Susana Martín Belmonte ed. Icaria-Antrazyt 2001

PARA SEGUIR LEYENDO EL RESUMEN COMPLETO 

sábado, 1 de julio de 2017

UN VERSO DE DANIEL DEMOIN

Cuando en la memoria  
faltan pedazos de realidad
cuando sobra resignación,
Capitel romanico del  Monasterio del Aguilar del Campo.  Museo Arqueologico Nacional España
en mitad de la derrota
golpeamos con los puños al olvido,
evocamos a los que fueron,
a los que son y serán,
reflejados en un espejo vivo
de transparente voluntad.